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  Nadie viene a salvarte Muchos de nosotros, en algún momento de nuestra vida, pensamos que alguien vendrá a salvarnos. Cuando somos pequeños, tenemos claro que serán nuestros padres. Después creemos que alguien nos encontrará, descubrirá nuestro talento y le enseñará al mundo lo buenos que somos. Creo que esa necesidad de sentir que alguien nos sostendrá explica, en parte, por qué el discurso socialista cala tan profundamente en la sociedad. La idea de que el Estado nos protegerá si nosotros no podemos resulta tremendamente reconfortante. Nos devuelve a ese lugar en el que sentimos que siempre habrá alguien cuidando de nosotros. Pero la realidad rara vez funciona así. Lo cierto es que nadie viene a salvarte. Si eres un adulto funcional, las oportunidades tienes que salir a buscarlas. Tienes que salvarte tú mismo. Tu futuro depende, en gran medida, de ti. Es una realidad que cuesta aceptar y que algunas personas nunca llegan a aceptar del todo. Los venezolanos, sin embargo, lo tene...
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  Venezuela duele. Quieras o no Hay algo que nunca había dicho en voz alta. Durante años me repetí que Venezuela ya no me dolía. Soy emigrante venezolana en España desde hace veinte años. Aquí hice mi vida adulta. Aquí nacieron mis hijos. Ellos no conocen la tierra donde yo crecí. España es su país y, por eso mismo, también es el mío. La quiero profundamente y agradezco cada día la vida que he construido aquí. Pero una cosa no quita la otra. Durante mucho tiempo me convencí de que Venezuela ya no significaba nada para mí. Que era un capítulo cerrado. Que ya no tenía nada que ofrecerme. Hoy sé que era mentira. Y, al mismo tiempo, entiendo por qué necesitaba creerlo. Venezuela me había roto el corazón demasiadas veces. Me dolía ver cómo mataban a estudiantes que solo pedían vivir en democracia. Me dolía ilusionarme en cada elección para volver a despertar con la sensación de que nada había cambiado. Me dolía sentir que nos robaban el país delante de nuestros ojos sin que pudiéramos h...
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  Mi hija no sabía que NO podía volar Es curioso cómo escuchamos algunas frases llenas de significado, pero hasta que no las vivimos en carne propia no entendemos realmente lo que quieren decir. Se dice que en la NASA hay un letrero que dice: "Aerodinámicamente, el cuerpo de una abeja no está hecho para volar; la amplitud de sus alas es muy pequeña para soportar su enorme cuerpo, pero ella no lo sabe, por eso vuela de todos modos". No sé si la historia es cierta o si es una de esas frases que internet ha convertido en leyenda, pero la analogía es maravillosa. Los seres humanos hemos demostrado una y otra vez que muchos límites existen unicamente en nuestra cabeza. En 1950 se creía que era imposible correr la milla (1609 metros) en menos de cuatro minutos. Se pensaba que era un límite biológico, que el corazón estallaría y los pulmones se desgarrarían antes de conseguirlo. Hasta que en 1954 Roger Bannister desafió las creencias de la época y lo logró: 3 minutos y 59 segundos. ...
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Abrir espacios para escucharnos Esta semana fui a un curso de Terapia Neural, tema del que seguramente hablaré más adelante porque me gustó muchísimo. Pero una de las cosas que más me llamó la atención no fue solo el contenido, sino el lugar donde se impartió. El colegio de odontólogos permitió que profesionales de la salud participaran en una formación que, en muchos entornos odontológicos, se catalogaría casi casi como brujería. Y admito que yo también fui con curiosidad y con preguntas. Porque sí, podrían llamarse prácticas complementarias. Pero lo que vi y escuché no tenía nada de mágico: se citaron estudios, no se promovían remisiones en todos los casos, no se presentó como una panacea y, afortunadamente, tampoco apareció el típico mensaje de “gana seis cifras el primer mes” 😅 Lo que encontré fueron profesionales intentando ayudar a pacientes que muchas veces ya no saben a dónde acudir. Pacientes que en algunos casos terminan etiquetados como “complicados”, o incluso derivad...
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VENEKA   El poder de las palabras: ¿Quién define tu verdad? Escuchando un episodio del Nadia María Podcast , hablaban de la   palabra "Veneka" que nació como un término despectivo para ofender a una población, pero gracias a la banda Rawayana, el significado se transformó. Hoy, muchos la asumimos con orgullo. Esto me hizo pensar sobre el poder que le otorgamos a las palabras. A veces dejamos que nos definan, nos encasillen y marquen nuestros días, perdiéndonos de grandes experiencias solo por el valor que le damos a un término.   Escuchamos a otros tildarnos de ciertas cosas y dejamos que nos afecte, sin entender que lo que el otro dice habla más de esa persona que de ti. Solo tú tienes el control de darle poder a la palabra ajena. Me vino a la mente la película Amor Ciego . El protagonista, bajo un hechizo, ve a una mujer hermosa y se enamora. Su amigo, indignado por la apariencia real de la mujer, rompe el hechizo para mostrarle "la verdad". Al final, el p...
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  ¡Vaya desastre! Un día, al llegar al trabajo, me enteré de que faltarían dos compañeras. Eso significaba que me tocaría trabajar sola. Para ser realistas, la otra opción era la odontopediatra, y nadie quiere dejar a un odontopediatra sin auxiliar. Por supuesto, en el vestuario empezaron los comentarios sobre lo mal que se manejaban las cosas en la clínica. Una compañera me dijo: "Si yo fuera tú, me quejaría. No saben dirigir la clínica; ahora tendremos que andar como pollos sin cabeza todo el día por su mala gestión" . Y así fue como empecé a envenenarme: — "Es que claro, siempre me dejan sola a mí" . — "Es que me ven la cara" . Cargadita de rabia, me fui a trabajar. En ese momento, vi llegar a alguien de dirección con su tupper en la mano, listo para empezar su jornada. Me acerqué y le solté: — "¡Vaya desastre, ¿no?!" Me respondió de mala gana: "Yo no veo el desastre. Solo falta una persona y, si la gente está de baja, ¿qué q...
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  Manos mojadas Desde que tengo uso de razón, recuerdo esconder mis manos de toda interacción. No es tarea fácil; nuestras manos están involucradas en casi todos nuestros encuentros cotidianos. El hecho es que me sudan las manos. Es una condición llamada hiperhidrosis palmar que condicionó mis relaciones personales. Desde muy pequeña era consciente de que mis manos resultaban desagradables para la gente. Las pocas veces que iba a misa, odiaba con todas mis fuerzas el momento de dar la paz (instante en el que, por lo menos en Venezuela, la gente se da la mano). Sabía perfectamente cuándo llegaba ese momento; a medida que se acercaba, mis manos comenzaban a sudar incontrolablemente. Mientras más lo pensaba, más sudaban. Intentaba rápidamente secarlas con mi ropa, pero poco o nada lograba con eso. Al llegar la adolescencia, el panorama, como es de esperar, no mejoró. La situación no era fácil de esconder, aunque yo lo intentaba con todo mi empeño. En algún momento decidí compart...