Manos mojadas

Desde que tengo uso de razón, recuerdo esconder mis manos de toda interacción. No es tarea fácil; nuestras manos están involucradas en casi todos nuestros encuentros cotidianos.

El hecho es que me sudan las manos. Es una condición llamada hiperhidrosis palmar que condicionó mis relaciones personales. Desde muy pequeña era consciente de que mis manos resultaban desagradables para la gente. Las pocas veces que iba a misa, odiaba con todas mis fuerzas el momento de dar la paz (instante en el que, por lo menos en Venezuela, la gente se da la mano). Sabía perfectamente cuándo llegaba ese momento; a medida que se acercaba, mis manos comenzaban a sudar incontrolablemente. Mientras más lo pensaba, más sudaban. Intentaba rápidamente secarlas con mi ropa, pero poco o nada lograba con eso.

Al llegar la adolescencia, el panorama, como es de esperar, no mejoró. La situación no era fácil de esconder, aunque yo lo intentaba con todo mi empeño. En algún momento decidí compartir este “secreto” con amigas, quienes me confirmaron lo que ya me imaginaba: nadie quiere dar la mano a una persona y encontrársela mojada. Recuerdo una conversación donde una amiga me describía una escena romántica en la que mi mano húmeda pasaba por la cara de algún chico. Esto me horrorizaba. Aunque ella lo puso en palabras, lo cierto es que yo también imaginaba esas escenas y daba por hecho que nadie se podría enamorar de algo así.

Cuando conocí al que ahora es mi marido, recuerdo intentar de todas las maneras posibles no cogernos de las manos. Hasta que un día decidí pedirle, por favor, que no me agarrara las manos porque me sudaban. Él me tomó la mano con fuerza y me dijo: “Eso no me importa”. Y seguimos caminando como si nada. Debo decir que, incluso ahora que lo escribo, se me llenan los ojos de lágrimas. No sé si él sabe lo importante que fue ese gesto para mí.

Este gesto se repitió mucho más adelante en mi vida, pero con una persona desconocida que me llenó el corazón (y seguro que ella tampoco sabe lo que hizo por mí ese día). En mi trabajo estaban proponiendo actividades de integración para los empleados. Estas cosas me encantan y siempre me apunto, siempre y cuando tenga claro que no se necesitará que nadie me toque las manos. Por eso, las clases de defensa personal fueron rápidamente descartadas. Las de risoterapia, en mi valoración previa, parecían una actividad segura, así que me apunté. Cuál fue mi sorpresa cuando, al final de la clase, nos pidieron sentarnos en una rueda y cogernos de las manos... ¡Horror! Esto no estaba calculado. Yo veía cómo mis manos goteaban y decidí decirle a la persona que estaba a mi lado que no hacía falta que me tomara la mano porque me sudaban. Con una mirada amorosa, me cogió la mano y me dijo: “¿Y qué pasa?”. Otra vez se me aguaron los ojos y mi corazón se llenó de agradecimiento. Ese día, de camino a casa en el coche, lloré mucho. Me acordé del gesto de mi marido y de lo mucho que ambos momentos habían significado para mí.

A lo largo de mi vida probé todas las terapias que no involucraran cirugía o inyectar en mi cuerpo sustancias como el bótox, porque me dan mucho miedo. Incluso probé un antiperspirante tan fuerte que me salieron vesículas por todas las manos.

Recuerdo que en una consulta médica le pregunté a la doctora qué me podía recomendar. Me dijo que lo mejor era aceptarlo. En ese momento, la novelera que llevo por dentro se indignó por completo: “Claro, como no es ella la que tiene que vivir con esto”.

Ahora mi intención es justamente esa: aceptarlo como parte de mi vida y darle la oportunidad a la gente con la que interactúo de decidir si me quieren dar la mano o si buscamos una alternativa para saludarnos.

PD: Esto tiene muchos años escrito y nunca me había atrevido a publicarlo. Pero en estos días, alguien en otra publicación me dijo: “Gracias por compartir, porque sé que no estoy sola”. Este texto me vino a la cabeza, así que, con mucho valor, lo cuelgo aquí. Si te ha servido, me alegro muchísimo. Te doy un beso y un abrazo.

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