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Mostrando entradas de mayo, 2026
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Abrir espacios para escucharnos Esta semana fui a un curso de Terapia Neural, tema del que seguramente hablaré más adelante porque me gustó muchísimo. Pero una de las cosas que más me llamó la atención no fue solo el contenido, sino el lugar donde se impartió. El colegio de odontólogos permitió que profesionales de la salud participaran en una formación que, en muchos entornos odontológicos, se catalogaría casi casi como brujería. Y admito que yo también fui con curiosidad y con preguntas. Porque sí, podrían llamarse prácticas complementarias. Pero lo que vi y escuché no tenía nada de mágico: se citaron estudios, no se promovían remisiones en todos los casos, no se presentó como una panacea y, afortunadamente, tampoco apareció el típico mensaje de “gana seis cifras el primer mes” 😅 Lo que encontré fueron profesionales intentando ayudar a pacientes que muchas veces ya no saben a dónde acudir. Pacientes que en algunos casos terminan etiquetados como “complicados”, o incluso derivad...
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VENEKA   El poder de las palabras: ¿Quién define tu verdad? Escuchando un episodio del Nadia María Podcast , hablaban de la   palabra "Veneka" que nació como un término despectivo para ofender a una población, pero gracias a la banda Rawayana, el significado se transformó. Hoy, muchos la asumimos con orgullo. Esto me hizo pensar sobre el poder que le otorgamos a las palabras. A veces dejamos que nos definan, nos encasillen y marquen nuestros días, perdiéndonos de grandes experiencias solo por el valor que le damos a un término.   Escuchamos a otros tildarnos de ciertas cosas y dejamos que nos afecte, sin entender que lo que el otro dice habla más de esa persona que de ti. Solo tú tienes el control de darle poder a la palabra ajena. Me vino a la mente la película Amor Ciego . El protagonista, bajo un hechizo, ve a una mujer hermosa y se enamora. Su amigo, indignado por la apariencia real de la mujer, rompe el hechizo para mostrarle "la verdad". Al final, el p...
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  ¡Vaya desastre! Un día, al llegar al trabajo, me enteré de que faltarían dos compañeras. Eso significaba que me tocaría trabajar sola. Para ser realistas, la otra opción era la odontopediatra, y nadie quiere dejar a un odontopediatra sin auxiliar. Por supuesto, en el vestuario empezaron los comentarios sobre lo mal que se manejaban las cosas en la clínica. Una compañera me dijo: "Si yo fuera tú, me quejaría. No saben dirigir la clínica; ahora tendremos que andar como pollos sin cabeza todo el día por su mala gestión" . Y así fue como empecé a envenenarme: — "Es que claro, siempre me dejan sola a mí" . — "Es que me ven la cara" . Cargadita de rabia, me fui a trabajar. En ese momento, vi llegar a alguien de dirección con su tupper en la mano, listo para empezar su jornada. Me acerqué y le solté: — "¡Vaya desastre, ¿no?!" Me respondió de mala gana: "Yo no veo el desastre. Solo falta una persona y, si la gente está de baja, ¿qué q...
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  Manos mojadas Desde que tengo uso de razón, recuerdo esconder mis manos de toda interacción. No es tarea fácil; nuestras manos están involucradas en casi todos nuestros encuentros cotidianos. El hecho es que me sudan las manos. Es una condición llamada hiperhidrosis palmar que condicionó mis relaciones personales. Desde muy pequeña era consciente de que mis manos resultaban desagradables para la gente. Las pocas veces que iba a misa, odiaba con todas mis fuerzas el momento de dar la paz (instante en el que, por lo menos en Venezuela, la gente se da la mano). Sabía perfectamente cuándo llegaba ese momento; a medida que se acercaba, mis manos comenzaban a sudar incontrolablemente. Mientras más lo pensaba, más sudaban. Intentaba rápidamente secarlas con mi ropa, pero poco o nada lograba con eso. Al llegar la adolescencia, el panorama, como es de esperar, no mejoró. La situación no era fácil de esconder, aunque yo lo intentaba con todo mi empeño. En algún momento decidí compart...
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  Culpable hasta que demuestre mi inocencia: El arte de justificar que no quiero robarte Hace unos días, una buena amiga me mandó un post de una dentista en USA que decía algo que me dejó helada: no le recomendaría a sus hijos ser dentistas. Mi primer pensamiento fue ¡Wow, qué fuerte!” . El segundo, fue: “Yo tampoco se lo recomendaría a los míos” . Y me duele decirlo, porque la carrera en sí es preciosa. Pero no sé si es el signo de los tiempos, si es algo que los odontólogos hemos arrastrado siempre o si las redes sociales nos han frito el cerebro (que un poco también, ¿no?), pero la realidad es que paso gran parte de mi jornada intentando convencer a mis pacientes de que no los quiero estafar . Es una sensación extraña. Te pasas el día justificando que, aunque “no te duele”, hay problemas ahí que necesitan una solución. Sacamos todo el arsenal: la panorámica, las aletas de mordida, la cámara intraoral y hasta el escáner para que veas tu propia boca en 3D... y aun así, las...