¡Vaya desastre!

Un día, al llegar al trabajo, me enteré de que faltarían dos compañeras. Eso significaba que me tocaría trabajar sola. Para ser realistas, la otra opción era la odontopediatra, y nadie quiere dejar a un odontopediatra sin auxiliar.

Por supuesto, en el vestuario empezaron los comentarios sobre lo mal que se manejaban las cosas en la clínica. Una compañera me dijo: "Si yo fuera tú, me quejaría. No saben dirigir la clínica; ahora tendremos que andar como pollos sin cabeza todo el día por su mala gestión".

Y así fue como empecé a envenenarme:
"Es que claro, siempre me dejan sola a mí".
"Es que me ven la cara".

Cargadita de rabia, me fui a trabajar. En ese momento, vi llegar a alguien de dirección con su tupper en la mano, listo para empezar su jornada. Me acerqué y le solté:
"¡Vaya desastre, ¿no?!"

Me respondió de mala gana: "Yo no veo el desastre. Solo falta una persona y, si la gente está de baja, ¿qué quieres que haga yo?".

Continué dándole ejemplos del caos que se avecinaba. Su respuesta fue obvia: "Ajá, pero ¿y qué puedo hacer yo ahora?".

Lo dejé estar porque entendí que era inútil continuar con la dinámica. Empecé a trabajar enfurruñada, quejándome de lo maleducada que había sido esa persona y dándole vueltas a la misma conversación. Hasta que me vino a la cabeza uno de los tantos libros que he leído: “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas” de Dale Carnegie.

Recordé algo que mencionan en el libro: cuando entras a una conversación, conviene tener claro qué quieres conseguir con ella. Porque si entras solo para demostrar que tienes razón o para descargar tu enfado, probablemente la interacción ya empezó torcida.

Caí en la cuenta de algo: yo no le había dado ninguna oportunidad de contestarme mejor. ¿Qué se le responde a alguien que te aborda con un "vaya desastre"? Esa queja no abría espacio al diálogo; fue la peor elección para empezar una conversación, al menos si mi intención real era solucionar algo.

El libro también habla de algo que parece obvio cuando lo lees, pero bastante menos obvio cuando estás enfadada: escuchar antes de responder, intentar ver el punto de vista de la otra persona y dejar espacio para que el otro no se sienta atacado.

Y, claramente, yo no había tenido nada de eso en cuenta. Aquello tenía pocas posibilidades de terminar bien, pero por lo menos me sirvió para la próxima vez pensar un poco antes de actuar.

Por si alguien se quedó con la duda de cómo me fue el día: fue perfectamente bien. Una de las personas que no estaba en ese momento solo llegaba un poco más tarde y la jornada transcurrió como cualquier otra en la clínica.

El único desastre pasó en mi cabeza.

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