Mi hija no sabía que NO podía volar
Es curioso cómo escuchamos algunas frases llenas de significado, pero hasta que no las vivimos en carne propia no entendemos realmente lo que quieren decir.
Se dice que en la NASA hay un letrero que dice:
"Aerodinámicamente, el cuerpo de una abeja no está hecho para volar; la amplitud de sus alas es muy pequeña para soportar su enorme cuerpo, pero ella no lo sabe, por eso vuela de todos modos".
No sé si la historia es cierta o si es una de esas frases que internet ha convertido en leyenda, pero la analogía es maravillosa. Los seres humanos hemos demostrado una y otra vez que muchos límites existen unicamente en nuestra cabeza.
En 1950 se creía que era imposible correr la milla (1609 metros) en menos de cuatro minutos. Se pensaba que era un límite biológico, que el corazón estallaría y los pulmones se desgarrarían antes de conseguirlo.
Hasta que en 1954 Roger Bannister desafió las creencias de la época y lo logró: 3 minutos y 59 segundos.
Solo hizo falta que alguien demostrara que se podía. Desde entonces, el récord se ha batido 31 veces.
Siempre me han gustado estas historias. Creía que entendía lo que significaban.
Hasta que mi hija me hizo vivirlo de otra manera.
Mi hija canta.
Y eso es algo que, sinceramente, me parecía bastante improbable.
Mi marido y yo somos absolutamente catastróficos cantando. Aunque me encantan los karaokes, una vez, durante unas vacaciones en un hotel, me bajaron del escenario de lo "bien" que lo estaba haciendo. Jejeje.
Recuerdo que a mi hija, igual que a mí, le encantaba cantar desde pequeña. Le gustaban los karaokes, pero yo no veía precisamente a la próxima estrella de la canción.
Aun así, cuando tuvo que elegir actividad extraescolar, escogió canto.
En casa siempre hemos intentado apoyar aquello que nuestros hijos quieren probar, así que adelante.
Fuimos a varias actuaciones y obras donde cantaba con sus compañeros. Yo disfrutaba viéndola subir al escenario, vencer la vergüenza y atreverse a hacerlo, pero para mí seguía siendo una actividad más.
Hasta este año.
Hizo una presentación que me dejó helada.
Lloré sentada en mi sitio, incapaz de contener las lágrimas, maravillada por lo que aquella niña era capaz de transmitir con su voz.
Y después volvió a hacerlo.
No era solo cosa mía. Había conseguido llegar al corazón de todos los que la escuchaban.
No fue algo que aprendiera en casa. Tampoco parecía un talento evidente cuando era pequeña.
Fue el resultado de muchas horas practicando, aprendiendo, escuchando, equivocándose y volviendo a intentarlo, aunque en casa nadie entendiera nada de música.
Ella sabía lo que quería.
Y, afortunadamente, nadie le había dicho nunca que era imposible.

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