Venezuela duele. Quieras o no

Hay algo que nunca había dicho en voz alta.

Durante años me repetí que Venezuela ya no me dolía.

Soy emigrante venezolana en España desde hace veinte años. Aquí hice mi vida adulta. Aquí nacieron mis hijos. Ellos no conocen la tierra donde yo crecí. España es su país y, por eso mismo, también es el mío. La quiero profundamente y agradezco cada día la vida que he construido aquí.

Pero una cosa no quita la otra.

Durante mucho tiempo me convencí de que Venezuela ya no significaba nada para mí. Que era un capítulo cerrado. Que ya no tenía nada que ofrecerme.

Hoy sé que era mentira.

Y, al mismo tiempo, entiendo por qué necesitaba creerlo.

Venezuela me había roto el corazón demasiadas veces.

Me dolía ver cómo mataban a estudiantes que solo pedían vivir en democracia. Me dolía ilusionarme en cada elección para volver a despertar con la sensación de que nada había cambiado. Me dolía sentir que nos robaban el país delante de nuestros ojos sin que pudiéramos hacer nada.

Llega un momento en el que el corazón se cansa.

Hace poco vi The Handmaid's Tale (El cuento de la criada) y hubo algo que me removió profundamente. Esa sensación constante de creer que ya vas a escapar para descubrir que todo vuelve a empeorar. No es la misma historia, por supuesto, pero sí una emoción que me resultó dolorosamente familiar.

Creo que muchos venezolanos aprendimos a protegernos dejando de esperar.

Yo elegí el cinismo.

No creer demasiado. No ilusionarme demasiado. No esperar demasiado.

Era una forma de sobrevivir.

O eso pensaba.

Porque el origen no desaparece aunque uno deje de mirarlo.

Mi collar con el mapa de Venezuela seguía acompañándome. Las maracas nunca dejaron la pared de mi casa. Seguía cocinando platos que me devolvían a mi infancia. Y había momentos inesperados que me rompían por dentro, como cuando mi hija decía, con toda la naturalidad del mundo, que ella es europea.

Y claro que lo es.

Pero en ese instante entendía que una parte de mi historia ya no era también la suya.

Ahora, tras los terremotos que han vuelto a golpear a tantas familias venezolanas, me he dado cuenta de algo que llevaba años intentando negar.

Venezuela duele, quieras o no.

Me duele ver el sufrimiento de quienes siguen allí. Me duele pensar en quienes lo han perdido todo. Pero, al mismo tiempo, siento un orgullo enorme cuando veo cómo los venezolanos, estén donde estén, vuelven a organizarse para ayudar. Siempre aparece alguien dispuesto a tender una mano.

Quizá eso también forma parte de nuestro país.

Durante años pensé que la mejor forma de protegerme era dejar de sentir.

Hoy creo que protegerse no siempre significa dejar de querer.

Hay lugares que forman parte de quien eres para siempre. Aunque vivas a miles de kilómetros. Aunque construyas otra vida. Aunque quieras convencerte de lo contrario.

Venezuela es uno de esos lugares para mí.

Por eso hoy solo quiero pedir una cosa.

No miremos hacia otro lado.

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Y, si eres venezolano y alguna vez también te dijiste que tu país ya no te dolía, solo quiero decirte una cosa.

No estás solo.

A veces el corazón solo estaba intentando protegerse.

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