Mi terapia invisible (y gratuita)
Este fin de semana tuve una sesión de terapia gratis. Y lo más increíble no
es eso, sino darme cuenta de que he tenido muchísimas a lo largo de mi vida y
no me había enterado hasta ahora.
He bailado, he cantado y he hablado mucho. Me encantan estos días, pero
nunca me había parado a pensar en lo vitales que son estos momentos.
Quizás es por casualidad, por los posts que escribo o por la edad (que todo hay
que decirlo), pero al ver un vídeo de la neurocientífica Nazaret
Castellanos hablando sobre los beneficios del baile, pensé: "Si
bailar es tan potente, ¿qué pasa cuando además canto y hablo con la gente que
quiero?".
Y, para sorpresa de nadie, resulta que lo que vivimos este fin de semana
fue una medicina completa:
·
Bailar nos activó la neuroplasticidad y
calmó la amígdala (el centro del miedo). Bailando, el cuerpo y la mente
entraron en una coherencia que disolvió el estrés y nos unió más.
·
Cantar nos reguló el sistema nervioso a
través de la respiración y la vibración. Es como un masaje para el alma.
·
Hablar fue un proceso de
"corregulación biológica": una charla con un vínculo íntimo hace que
el cerebro del otro ayude a equilibrar el tuyo.
Resulta que estos encuentros, que a veces vemos como algo
normal o simple ocio, son en realidad terapia de la buena. Y todo
por el módico precio de un abrazo con cariño y una escucha con empatía.
En Japón lo llaman Moai (模合): un grupo de amigos que va más allá del
apoyo social; es una red de seguridad emocional y espiritual constante que
nutre el alma.
Gracias por tanto. No solo por vivirlo, sino por ser capaz de darme cuenta.
He compartido este tiempo con gente genial que tengo el privilegio de admirar y
llamar amigos. Ninguno somos perfectos, pero al mismo tiempo, todos lo somos.
Como dice una de ellas: gracias por todo, amigos que son familia.

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