Adios y el siguiente


Me da risa. De verdad. Justo cuando creo que ya tengo el máster en "poner límites" y decir que no, la vida me lanza un examen sorpresa y me quedo K.O.

Estoy en plena búsqueda de mi sitio. Busco clínicas con ambientes relajados, de esas que no te roban la paz. Pero claro, eso implica ir a entrevistas y enfrentarse al momento de la verdad: decir "no me encaja".

El martes pasado conocí a una familia encantadora. Dueños de clínica, amables, de esos que te caen bien al minuto uno. Todo iba sobre ruedas hasta que soltaron la bomba: No hay auxiliares.

Tienen un sistema de carritos por especialidades y trabajas solo. Mi mente entró en bucle: "NO HAY AUXILIAR, NO HAY AUXILIAR". Yo sabía que no quería eso. Sabía que no es mi forma de trabajar. Pero, ¿qué salió de mi boca?

— “Qué curioso... será complicado, pero todo es intentarlo”.

¡¿Intentarlo?! Salí de allí odiándome un poco. Pasé miércoles y jueves estresada, valorando más que nunca a mi auxiliar actual, dándole vueltas a por qué me cuesta tanto decir "no" de frente.

El viernes me armé de valor. Ensayé el guion 30 minutos: qué decir, cómo justificarme, qué responder si me presionaban... Llamé con la voz temblorosa, solté mi discurso de "he recibido otra oferta" y esperé el drama.

¿La respuesta? "Vale, gracias por avisar con tiempo".

Pum. Fin. Tres días de angustia para una frase de cinco segundos. Me quedé con la boca abierta y un poco de decepción: mi mente quería una película de Almodóvar y ellos solo querían seguir con su día.

Lección aprendida: Nadie se muere porque digas que no. La gente está a lo suyo. Si no es aquí, pues adiós y el siguiente.

 Imagen de Alexa en Pixabay


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