No es tan importante (aunque el cortisol diga lo contrario)
Esta semana, mientras llevaba a mi hijo al cole, escuché un dato curioso en
la radio: 5 minutos de enfado provocan una liberación de cortisol que
dura hasta 8 horas. En ese momento lo escuché como un dato más, pero
mi hijo, que es uno de mis mejores maestros, me preguntó qué era el cortisol.
Tras explicárselo, me soltó con toda su inocencia:
“Ay mamá... entonces, ¿cuánto te duró el cortisol el día que se me quedó en
casa la maleta de las colonias?”
Para que tengan contexto: el año pasado, cuando íbamos a más de la mitad
del camino hacia el bus que lo llevaría de campamento por tres días, me dice:
“Mamá, no está la maleta”. No sé qué pasó en mí, pero exploté. Me enfadé
muchísimo. En los 15 minutos de trayecto de regreso, no paré de repetirle lo
irresponsable que era, que no estaba pendiente de sus cosas... Estaba
desproporcionadamente enfadada. Mi hijo terminó llorando, sintiéndose fatal.
Hoy nos reímos de esa anécdota, pero al relacionarla con la ciencia, me
puse a pensar: nada de lo que he vivido hasta ahora merece pagar ese
precio. Ningún descuido vale 8 horas de desgaste biológico. Porque
cuando te enfadas, esto es lo que realmente estás pagando:
1.
Corazón acelerado: La presión sube y tu corazón
trabaja a marchas forzadas, desgastando tus arterias.
2.
Mente "nublada": El cortisol
bloquea tu claridad; dejas de pensar con lógica y pierdes la memoria.
3.
Defensas bajas: Tu sistema inmune "se toma un
descanso", dejándote expuesto a virus e inflamaciones.
4.
Azúcar en sangre: Esa energía extra que libera el
cuerpo se convierte en grasa abdominal si no la quemas.
5.
Digestión pesada: La sangre huye del estómago hacia
los músculos, provocando pesadez e irritación.
No digo que no tengas razones para enfadarte; seguramente podrías
enumerarlas todas. Pero quiero que sepas que el que paga la cuenta eres
tú, y sale carísima.
La vida es un juego y, al final, muy pocas cosas son "de verdad"
importantes. Como dicen por ahí: si tiene solución, ¿para qué preocuparse? Y si
no la tiene... ¿para qué preocuparse?
P.D.: Por cierto, después de aquel
episodio le pedí perdón. Le dije que no eran maneras de hablarle, que mamá no
es perfecta, pero que estoy trabajando cada día en ser mejor para ellos (y para
mí). Al final, aprender a gestionar el enfado también es un acto de amor.

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