Ser PAS

Ser una persona altamente sensible es algo que descubrí sin saber que existía.

Siempre he sabido que las cosas me afectan mucho, pero lo veía como una debilidad. Así que jamás dejaba ver (o eso creía) cuánto me afectaban realmente.

Nunca en mi vida pensé que ser sensible pudiera ser un don. Siempre creí que era una debilidad que tenía que trabajar y, sobre todo, pero sobre todas las cosas, nunca jamás mostrar.

Bueno, no hace falta ser adivino para saber que vivir escondiéndote de ti misma no puede acabar bien… y así fue.

Llegó un momento en el que mi sistema nervioso colapsó completamente.
No podía concentrarme en nada, funcionaba totalmente en automático y dirigía todas mis energías a no sentir lo que sentía. A no llorar cada día camino a la clínica.

Hasta que un día, un martes cualquiera, iba con el estómago encogido y el pecho oprimido caminando hacia la clínica, y pasó algo que no tenía previsto.

Me encontré con una mamá del cole que se paró a hablar conmigo de los niños.
Y lo único que yo podía hacer era concentrar todas mis energías en no llorar.

No recuerdo nada de lo que me dijo.

El encuentro no duró mucho (menos mal). Logré no llorar, aunque no sé cuánto éxito tuve en que no se notara el estado de angustia que llevaba. Y, francamente, llegados a ese punto, ya no me importaba demasiado. Solo estaba contenta de que la interacción hubiera terminado.

Llegué a un banco, me senté… y lloré.
Lloré por primera vez en mucho tiempo.

En ese momento me di cuenta de que esto no estaba bien, de que no sabía cómo salir de ese estado y de que necesitaba ayuda.

Así que, en ese mismo instante, saqué mi teléfono y pedí cita con una psicóloga.

La primera visita no fue lo que yo me había imaginado.
Me senté en la consulta… y lloré.

No sollozaba.
No era que se me escaparan algunas lágrimas.

Lloré hasta quedarme sin aliento. Era imparable.

La psicóloga me escuchó con paciencia, ternura y también con un poco de asombro. Me dio algunos ejercicios de respiración destinados a salir de la mente por un rato.

En la siguiente consulta, cuando por fin pude contar un poco más de lo que me estaba pasando, salí de allí con un test de personas altamente sensibles.

Algo que yo no había escuchado en mi vida.

Ahora tenía una información con la que no sabía muy bien qué hacer.

Porque, para mí, ser sensible no era un don. Era una debilidad.
Y no tenía nada que ver con la imagen de mujer empoderada que yo pensaba que tenía que ser.

Lo único que tenía claro es que ahora tenía muchos deberes por delante.
Tenía que buscarle sentido a esta nueva información… y no sabía muy bien por dónde empezar.

Si te interesa explorar esto también, te dejo el enlace al test de alta sensibilidad. 


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