Foto tomada justo en el momento de llegar a casa y escribir esto.

Recomenzar para reconectar

Siempre subestimo lo difícil que es empezar algo nuevo.
Y mira que he empezado cosas.

Desde que me fui de Venezuela no he dejado de buscar mi lugar.
No un sitio físico, sino una forma de aportar al mundo que sea coherente conmigo.

Vengo de una familia muy pragmática y, durante años, yo he sido “la brujita” de la casa.
La que se hacía preguntas profundas, la que necesitaba explicaciones con alma, la que sentía que lo etéreo también era real.
Con el tiempo entendí que eso no era casualidad, sino una característica muy común en personas PAS.

Y hace poco decidí alinear mi profesión con todo esto.

Pensé que lo más difícil sería renunciar a los lugares seguros:
donde conocía los procedimientos,
donde todo era automático,
donde el cuerpo ya no pensaba.

Pero no.
De los creadores de “dale, tú puedes” llega la secuela:
“sí, puedes… pero lo vas a pasar mal un tiempo”.

Hoy he salido de mi primer día en una clínica integrativa, biológica, donde se practica dentosofía.
Ha sido un día interesante.
(No usaré la primera palabra que me vino a la cabeza, porque he leído lo suficiente como para saber que no ayuda hablarme mal).

A pesar de venir de clínicas convencionales y de no tener aún práctica real con muchos de los tratamientos que aquí se trabajan, decidieron confiarme una primera visita.

Y aquí es donde muchos pensarán:
“¿Qué tiene eso de complicado?”

Las primeras visitas en teoría son sencillas:
escuchar, explorar, diagnosticar, explicar y pasar presupuesto.

Pero yo ya sabía que aquí no funcionaba así.

Había observado consultas, buscado información, revisado apuntes de dentosofía.
Aun así, hoy, sentada frente a un chico de 14 años y a su madre, mi sistema nervioso colapsó.

Caries grande.
Endodoncia.
Reconstrucción.
Limpieza.

Diagnóstico claro… y aun así, algo no encajaba.

Ellos estaban extrañados.
Yo también.
Tenía ideas sueltas en la cabeza, pero no lograba ordenarlas ni seguir un hilo clínico coherente.

A todo esto, intentando expresarme en catalán —idioma que chapurreo, pero que en pueblos pequeños se agradece—, mi capacidad cognitiva terminó de saturarse.

Corté la consulta donde pude.
El motivo principal estaba resuelto.

Salí con las manos temblando, ganas de llorar, el rubor del ridículo subiéndome por la cara y una frase muy conocida rondando la cabeza:
“Con lo controlado que lo tenías todo… ¿quién te manda meterte en cosas nuevas?”

Supongo que en unos meses —si siguen queriéndome allí— podré vivir esto de otra manera.
Encontrar estructura, sentido y confianza.

Por ahora, toca volver al ruedo.
Y vivir.

Que la vida nos pille viviéndola,
no esperando a que se pase.

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