Me pasa cada cierto tiempo.
Creo que ya soy un ser de luz.
Que estoy iluminada.
Que nada me tumba.
Y entonces… la vida sonríe con ironía.
Empiezas un proyecto nuevo.
Una clínica nueva.
Un entorno distinto.
Y lo que empieza como ilusión…
se transforma en miedo.
No conoces a tus compañeros.
No sabes qué están pensando.
No sabes si encajas.
Y aparece ella.
La loca de la mente.
“¿Ves? No sirves para esto.”
“Ya estás otra vez nerviosa.”
“¿Cómo puede una simple extracción hacerte temblar si llevas años trabajando?”
Y ahí estás.
Con la boca seca.
Las manos frías.
El corazón acelerado.
Y lo peor no es el síntoma.
Es pensar:
“¿De qué ha servido todo el trabajo personal si vuelvo a estar aquí?”
Pero esta vez no es igual.
Porque aunque parezca la casilla uno… no lo es.
Sí, puedes tener la misma pataleta.
Sí, los síntomas pueden volver.
Pero ahora reconoces la voz.
Ahora sabes que no eres ella.
Sabes que puedes cuestionarla.
Sabes que los pensamientos no son hechos.
Y, sobre todo, sabes que esta vez el bucle dura menos.
Las cosas no cambian de la noche a la mañana.
El camino no es lineal.
Pero merece tanto la pena quererse bonito.
Saber lo que vales.
Recordar que no eres tu profesión.
Y que si un lugar no encaja contigo, no significa que tú estés mal.
Solo significa que hay otro lugar donde sí encajarás.
La profesión puede cambiar.
Yo lo he hecho varias veces.
Pero tú siempre te quedas contigo.
Y eso es suficiente.
Feliz camino.
No es recto.
Pero es perfecto.

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